Teresa Monsegur - Arte del Movimiento - Artículos


EL JUEGO

Arriesgarse a saltar uno mismo.
Es uno el que salta.
Es que juega a saltar.
Decide.
Establece las reglas del juego y salta.

 

"El hombre sólo juega en cuanto es plenamente tal, y sólo es hombre completo cuando juega."

Friedrich Schiller

 



Según Roger Caillois, existen cuatro grandes divisiones en los juegos:

ILINX, tiene por base la persecución del vértigo y consiste en una tentativa de destruir por un instante la estabilidad de la percepción e infligir a la conciencia lúcida una especie de pánico voluptuoso.


AGÔN, los juegos de competición, es decir "a semejanza de un combate", donde se crea artificialmente la igualdad de oportunidades.

MIMICRY, se juega a creer, a hacerse creer, o a hacer crear a los demás que el jugador es distinto de sí mismo; olvida, disfraza, se despoja pasajeramente de su personalidad para fingir, para copiar otra.

ALEA, los juegos de azar en que el destino señala y revela su favor.

Las divisiones establecidas por esta clasificación corresponden a impulsos esenciales e irreductibles.

Las reglas son inseparables del juego tan pronto como éste adquiere lo que se llamaría una existencia institucional: cuando se juega a un juego determinado. A partir de ese momento el reglamento forma parte de la naturaleza del juego.

Las reglas son formas de accionar que transforman al juego en instrumento de cultura fecundo y decisivo. Pero en el comienzo, reside una libertad primera, necesidad de relajamiento, y al mismo tiempo distracción y capricho. Esta libertad es un motor indispensable y está en el origen de sus formas más complejas y más estrictamente organizadas. Semejante potencia primaria de improvisación y alegría: Paidia, se conjuga con el gusto por la dificultad gratuita: Ludus. Los dos aspectos se desarrollan en los diferentes juegos que son transmisores de civilización, puesto que representan los valores de una cultura, contribuyendo además a la precisión y amplitud de dichos valores.

El juego nos une a otros. Nos permite reconocer en nosotros lo que otros sienten.

Creemos tener unas autoconocidas posibilidades en las que cómodamente dormitamos. Los límites existen, quién lo duda, quizá nunca seremos capaces por nuestra conformación, nuestro desarrollo, nuestra cotidianidad, nuestra realidad a ser campeones de giros, por ejemplo.

Pero si intentamos la lucha por el giro, y somos conscientes de que se trata de traspasar los límites, de llegar lo más lejos que se pueda en ese camino, el giro adquiere un significado que le encontramos indagando en nosotros mismos, el significado misterioso que nos une a otros que en todos los tiempos han girado. Reconocemos, recorremos los lazos.

Nos dejamos invadir por el vértigo. Giraremos hasta sentir que estamos quietos y es el mundo el que gira alrededor nuestro.

Aprendiendo a girar, a tener la estabilidad, la fuerza y resistencia necesarias para conseguir la efectividad del giro y su control; consiguiendo sentir el eje y que todos los huesos y músculos se organicen alrededor de él; llevando los brazos suavemente y midiendo su impulso. Nos unimos a toda actividad humana para la que es imprescindible la precisión.

Nos enmascararemos, decidiendo ser el Rey Lear, para eso tendremos que buscarnos para acercarnos; encontrar lo que nos es común a otros; comenzar desde allí a disfrazarnos. Nos dejaremos contagiar irresistiblemente por el otro, por la carrera, por el bostezo, por el movimiento, por la sonrisa.

El azar es un elemento relativo, dirán. Desprestigiado para ser tomado en cuenta seriamente en un trabajo artístico; se puede creer o no creer en él; apostaremos entonces al lugar del espacio en que el giro se detendrá; sacaremos de algún lugar un número mágico que nos dirá lo que puede suceder. Voluntariamente nos abstendremos y esperaremos. Para que exista un juego de azar, tienen que haberse desarrollado sistemas abstractos que representen las leyes del universo, como sólo es capaz una reflexión objetiva y calculadora.

La danza, como tal, asume todas las estrategias del juego manifestándolas en sistemas formales; paradójicamente estos sistemas formales son una traición al juego que fue su motor inicial, puesto que al consolidarse dejan olvidado por el camino el azar del momento, el placer del vértigo, el amor a la precisión del gesto individual y actual en una puesta en escena que confunde el plagio con el acercamiento.

Pero siempre sigue existiendo, persistirá, el orden inicial del juego manifestado a través de una acción corporal, en una danza que no sólo se contenta con las bellas calidades de lo frío y estereotipado.

Teresa Monsegur
Barcelona, Mayo 1983



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